Argumentar
no es dar a conocer; no es exponer; no es presentar.
Es defender; es atacar ideas. Cuando
se defiende una idea, se argumenta. Cuando se ataca una idea, se argumenta. Se
interponen razones para defender; se utilizan razones como lanzas para atacar
una idea.
Las razones son producto del hemisferio
izquierdo; apelan al razonamiento, a la inteligencia. El razonamiento es la
hilación de ideas que conducen a una
conclusión. Razonamos y obtenemos conclusiones que se desprenden del
razonamiento. El razonamiento es el conjunto de operaciones mentales que
entrelazan ideas; de esa relación de ideas se derivan conclusiones.
Con el razonamiento inductivo
obtenemos conclusiones generales; con el razonamiento deductivo las
conclusiones son particulares.
Insisto, razonar consiste en articular
ideas.
En un discurso argumentativo se articulan
razones.
Un sinónimo de argumentar, en este hilo discursivo, es fundamentar. Yo argumento cuando fundamento mi dicho, cuando
ofrezco las bases sobre las que me apoyo para afirmar algo. Argumento cuando
respaldo lo que digo.
“Un punto de vista que no está basado
en pruebas es un prejuicio” (Ronson, R. 2012. ¿Es Usted Un Psicópata? Barcelona: Ediciones B, p. 2) Tiene sentido
el trabajo del profesor investigador cuando relaciona sus afirmaciones con
demostraciones empíricas. Su trabajo es científico en tanto sus afirmaciones
tienen un sustento metodológico demostrable.
Los criterios que guían a la
argumentación son distintos:
- Validez, si la conclusión de
desprende de las razones o de los argumentos.
- Coherencia, si las aseveraciones
de respaldo están relacionadas con la tesis.
- Consistencia, si carece de
contradicciones.
- Suficiencia, si el número de
aseveraciones es el adecuado.
- Contundencia, si las aseveraciones logran el propósito.
Un argumento admite aseveraciones
falsas; se construyen argumentos con aseveraciones equivocadas o erróneas. Sea
que se conozca que son falsas o no. Es suficiente que parezcan verdaderas. Hablamos
de verosimilitud. Lo verosímil es lo que tiene apariencia de verdadero, que puede
ser verdadero, creíble. Por esta circunstancia no debe sorprendernos la
existencia de argumentos basados en aseveraciones que parecen ser verdaderas,
pero que en realidad son falsas. Basta la apariencia de verdad o de falsedad
para ser usadas en un argumento. Esto tiene un sentido práctico: Es difícil y
en ocasiones imposible determinar la conformidad de las afirmaciones con la
realidad.
Tesis falsas pueden ser argumentadas
tanto como tesis verdaderas. Entonces la argumentación es una construcción
verbal; es un objeto discursivo. Los hechos no se argumentan, sino las
posiciones estimativas que provoca un objeto, evento o situación valorativa. Lo
debatible, lo discutible, lo polémico es objeto de la argumentación. Los hechos
no se discuten; se evidencian a sí mismos. No discutimos si las cosas son así;
más bien discutimos y opinamos sobre cómo deberían ser.
En un argumento encontramos, en
general, una posición estimativa o valorativa. Reaccionamos a favor o en contra
de algo. Aprobamos o reprobamos. Cuando le agregamos nuestras razones,
argumentamos. Cuando nuestras afirmaciones carecen de respaldo, expresamos apenas
nuestro prejuicio. Sin sustento no hay argumentación.
Puede resultar un buen ejercicio
intelectual identificar los contraargumentos. Porque prácticamente cualquier
idea debatible se puede argumentar a favor, pero esa misma idea puede ser
argumentada en contra. Usualmente defendemos las posiciones valorativas más
afines con nuestros valores y atacamos las posiciones que ofenden nuestras
creencias.
La argumentación está relacionada con
el mundo intelectual de las intenciones. Las aseveraciones argumentativas
tienen el propósito de conseguir un objetivo. He señalado que, en general, en
un argumento se acepta o se ataca una idea. En un argumento se monta la
intención de aceptar o atacar. La intención se declara explícitamente o se
deduce implícitamente, se entiende incluido, sin expresarlo.
Del sentido del conjunto de
aseveraciones desprendemos una intención de aprobar o reprobar una idea.
Encontramos argumentos con propósito implícito. Si bien no se expresa
claramente la intención, en el sentido que llevan las aseveraciones
desprendemos la intención conjunta de las aseveraciones. De esta lectura
inductiva podemos derivar el propósito argumentativo.
Debe puntualizarse que el discurso
argumentativo es una ficción lingüística; es una creación del pensamiento y por
lo tanto no necesariamente corresponde a la realidad, aun cuando la ficción se
confunda con la realidad.





